Quien no tiene nada que decir debería callarse. Y quien tiene poco que decir debería hacerlo con las mínimas palabras posibles.
Comunicarse desde los gestos, reencontrarse con las articulaciones perfectas para las cercanías adecuadas.
Desplazar el vocabulario fabulista por el reemplazo de las caricias cegadas, mirar es importante, pero ver es imprescindible.
Mirar desde el hemisferio de la imaginación, convertir la alegoría en una realidad con las nuevas y profundas imaginaciones.
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